Blackface

Siempre he creído firmemente en la empatía como motor del cambio, entendiendo empatía como la capacidad para ponernos en la piel del otro. Y ojo, que la cosa no es tan sencilla como nos han hecho creer algunos guruses del buenrollismo. Empatía no es ir por el mundo repartiendo «qué-habría-hecho-yo» en tu situación partiendo de mi realidad y de cómo entiendo yo la vida, no. La empatía es un sentimiento que solo puede nacer después de haber escuchado mucho, observado mucho, asumido mucho y callado mucho. La empatía pasa por aceptar nuestros prejuicios y privilegios, desprendernos del yo y ser capaces de comprender qué pasa en la piel de otra persona, con sus ideas, su cultura, sus condicionantes, su situación personal y material. Y, aun así, equivocarse y tener que seguir escuchando. Lo otro es dar lecciones.

Y Blackface es un arma para generar esa empatía. Lo he dicho antes aquí y lo repetiré las veces que haga falta, el nuestro es un país racista (me da igual donde sitúes mentalmente la frontera) y uno de los principales problemas que existen para superar este hecho es la negativa a asumirlo y la insistencia en creer que los blancos podemos ponernos en la piel de los negros porque no, no podemos, porque desconocemos un montón de cosas sobre qué significa se negro y vivir en nuestro país. Esto es así.

Y como no podemos ponernos en su piel metafóricamente, tampoco podemos hacerlo literalmente. Y en torno a este hecho gira el argumento de Blackface, cuyo título hace referencia a la expresión en inglés para referirse a que una persona no negra se pinte la cara de negro para «parecerlo» (lo que se ha hecho toda la vida en la cabalgata de Reyes, qué os voy a contar yo).

Silvia Albert, que usaba principalmente su historia personal en su anterior espectáculo No es país para negras para hablar de lo que supone ser una mujer negra aquí y ahora, va un paso más allá con Blackface para hablarnos del racismo incrustado en la cultura y la sociedad, de todas esas cosas que hemos hecho y hacemos y que, en un momento dado, seríamos capaces de defender con la boca llena al grito de «¡eso no es racismo!».

Convertida en medium (con guiño a una de las mediums más famosas de la historia del cine incluido), Albert contactará con el espíritu de personas negras que han sido usadas (y abusadas) en la historia como mero objeto de curiosidad o entretenimiento para los blancos, además de mostrarnos alguna que otra tradición indiscutiblemente racista de nuestro país. Con una puesta en escena sencilla pero eficaz y un tono que pasa casi sin que nos percatemos de la comedia al drama, Silvia Albert muestra sobre el escenario una capacidad camaleónica y fascinante para encarnar todo tipo de personajes. Estamos ante una actriz potente y pasional, capaz de llevarnos con facilidad de la risa al llanto a la risa. Solo por verla trabajar ya vale la pena acercarse a ver Blackface.

Pero Blackface es mucho más, es un grito de alerta, un puñetazo sobre la mesa, una reclamación. Su paso por la Sala Fénix (que después del éxito de No es país para negras ha vuelto a apostar por Albert) ha sido breve y, afortunadamente, con las entradas agotadas casi desde el principio, así que esperemos que otros teatros, o el mismo, vuelvan a programar este montaje muy pronto. Os aseguro que vale la pena.

Blackface
Creación e interpretación: Silvia Albert Sopale. Coach dramatúrgico: Denise Duncan. Música: Miguel Zamora. Efectos de sonido: Maguet Dieng. Diseño de luces: Albert Julvé. Vestuario: Gina Baldé. Visuales y fotos: Heidi Ramírez Espinoza. Maquinista: Lluis Anglés Marimón. Diseño gráfico: Enric Huguet. Producción: Chechu García y Karel Mena. Con la colaboración de Sala Fènix.
Sala: Sala Fènix. Fecha: 14/09/2019. Fotografía: (c) Heidi Ramírez Espinoza.

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