El chico de la última fila - (c) Kiku Piñol

Cualquiera que en algún momento de la vida se haya lanzado a eso de escribir (o de crear) ha sentido ese mordisco malsano que te agarra y no te suelta hasta que pones el punto y final a la historia (o hasta que, como a los malos amantes, la abandonas, claro está).

Un impulso que no difiere demasiado del que sentimos como lectores o espectadores. Un ansia que nos lleva a devorar el arte que nos fascina sin pensar en las consecuencias.

Y es ese vampirismo autoinfligido, el que liga al autor con la obra y a la obra con el espectador, el protagonista de El chico de la última fila, texto de Juan Mayorga que explora el impulso creador, la mirada del narrador, el ansia del lector y, como no, la finalidad del arte. El relato se estructura mediante la relación que establece un profesor de lengua y literatura de instituto con uno de sus alumnos, un chico discreto y enigmático que, mediante las redacciones que le entrega en clase, le narra la historia de una familia convencional de clase media alta. A partir de ahí, los impulsos y la necesidad, la de narrar y la de leer, los conducirán por caminos inesperados.

A Andrés Lima, responsable de la dirección y la puesta en escena, se le queda pequeña la Sala de Baix de la Beckett para dar forma a sus ideas. Con una platea excesivamente ancha y excesivamente pegada al espacio escénico, propone un (supongo interesante) juego de sombras chinescas que solo se aprecia desde los asientos de la zona central. Lo mismo pasa con la iluminación, predominantemente lateral, que a los espectadores de los extremos solo nos servía para cegarnos en algunos momentos. Una lástima, porque lo cierto es que el texto de Mayorga es tan magnífico que necesita poco para lucir.

Por suerte, el reparto, bien sincronizado y capaz de hacer aflorar todo el subtexto emotivo que esconden las escenas, compensa con creces los problemas espaciales. Entre ellos destaca el dúo protagonista: Sergi López y Guillem Barbosa, impecable el primero y totalmente inquietante el segundo, reparten juego, controlan ritmos y conducen toda la función de principio a fin.

No son pocos los que intentan hacer “literatura” en sus textos teatrales. Se los suele reconocer por su tono ampuloso, sus frases grandilocuentes y sus sentencias filosóficas de cartón piedra. Sospecho que, en el fondo, aspiran a firmar un texto como el que firma aquí Mayorga, uno de esos que engancha, que apetece escuchar, que nos transporta y nos evoca imágenes, emociones, texturas. El chico de la última fila es todo eso y, además, nos lanza una pregunta que para muchos sigue sin respuesta: ¿para qué sirve el arte? Ay, si yo lo supiera…

El chico de la última fila

Autoria: Juan Mayorga. Direcció: Andrés Lima. Repartiment: David Bagés, Guillem Barbosa, Arnau Comas, Míriam Iscla, Sergi López i Anna Ycobalzeta. Escenografia: Beatriz San Juan. Il·luminació: Marc Salicrú. Disseny de vestuari: Míriam Compte. Espai sonor: Jaume Manresa. Caracterització: Coral Peña. Assistent de so: David Ribas. Regidoria: Mireia González. Ajudant de direcció: Anna Serrano. Ajudant de vestuari en pràctiques (EFPA): Laia Corominas. Alumne en pràctiques de l’Institut del Teatre: Adrián Núñez. Agraïments: Roger Bellés. Una producció de la Sala Beckett.

Sala: Sala Beckett. Sala de Baix. Data: 03/02/2019. Fotografia: (c) Kiku Piñol.

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