Mundo obrero - (c) Sergio Parra

Hasta ahora los espectáculos firmados por Alberto San Juan siempre me habían parecido interesantes y, hasta cierto punto, provocadores. Con la derecha heredera del franquismo en el punto de mira y la memoria afinada para recordarnos que los males de hoy nacieron hace más de un siglo, San Juan acostumbra a tener la virtud de observar el contexto y poner nombre a los problemas que padecemos con la precisión de un cirujano.

Por eso me sorprendió que Mundo obrero cayera de bruces en la trampa de cargar sobre los hombros de los trabajadores parte de la responsabilidad de las consecuencias de un capitalismo que ni han inventado ni controlan en modo alguno. De repente, el mismo San Juan capaz de rebuscar en la historia para hablar de las familias propietarias de los bancos españoles desde que se puede recordar (como hace en Masacre), parece olvidar lo que sabe para «comprar» el discurso manido de que el problema de la izquierda es que abandonó la calle, quiso mear en un váter privado con pestillo y vivir un poco mejor que los obreros de principios de siglo. De repente, San Juan olvida que no fue la gente la que compró préstamos, sino el banco quien se los vendió. El mismo San Juan que pone en escena una asamblea para mostrar toda la problemática de este tipo de operativa propone machaconamente y como única solución ir a la calle, a la calle, qué bien se está en la calle, que nos lo digan a los catalanes, que no hicimos otra cosa en el otoño de 2017, o a quienes participaron en el 15-M, o en las manifestaciones en contra de la guerra de Iraq, o del Plan Boloña, o de los recortes, o a las mujeres que vamos los 8 de marzo a la huelga general pero que ganar, lo que se dice ganar, ganamos las cosas en el día a día, pero no en esa calle mitificada por una idea romántica más pasada de moda que el charlestón.

Y es una lástima porque, desde un punto de vista escénico, Mundo obrero es posiblemente el montaje más interesante de San Juan hasta la fecha, el que emplea más elementos, el que tiene más voluntad de tejer una trama y establecer un lenguaje. Si hasta ahora se había apañado con una silla y dos focos, ahora va más allá y crea una pareja de personajes que avanza por la historia de España desde antes de la Segunda República hasta la actualidad e intercala en el relato personajes históricos, momentos oníricos, cantes, bailes, poesía, cabaret y casi ciencia ficción. El trabajo de la pareja protagonista, Pilar Gómez y Luis Bermejo, es minucioso, detallista, intenso, y el contrapunto de Lola Botello y el propio Alberto San Juan es impecable.

Sin embargo, que en tiempos de Facebook y Whatsapp, en los que las derechas y el fascismo emplean todas las herramientas tecnológicas a su alcance para manipular no solo la opinión pública sino la percepción misma de la realidad, se proponga desde la izquierda «ocupar las calles» demuestra haberse quedado anclado en un tiempo ya pretérito. No digo que la lucha no deba hacerse también en la calle, pero hoy en día la plaza del pueblo es más virtual que real, los obreros no son la mayoría de los trabajadores y el precariado, mucho más disperso e irrepresentado por asambleas y sindicatos, ha tomado el relevo como fuerza motriz del sistema y, claro, las soluciones de antes no sirven para los problemas de ahora, por mucho que se parezcan entre sí. Y, si vas a hacer este tipo de teatro político, que pretende a todas luces remover conciencias y llamar a la revolución, lo mínimo debería ser proponer algo factible y no quedarse a vivir en los cuentos del abuelo. Digo yo.

Mundo obrero. Una historia de la clase trabajadora en España.

Creación y dirección: Alberto San Juan. Intérpretes: Luis Bermejo, Lola Botello, Pilar Gómez y Alberto San Juan. Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan. Iluminación: Raúl Baena. Música: Santiago Auserón. Ayudante de dirección: Ana Belén Santiago. Producción: Teatro Español.

Sala: Teatre Lliure de Gràcia. Fecha: 13/06/2019. Fotografía: (c) Sergio Parra.

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