Ningún lugar

Llevo un buen rato dándole vueltas a si debería o no escribir sobre este montaje del festival Salmon. Discutiendo conmigo misma sobre si el hecho de salir de aquella sala con la sensación de no haber entendido nada me descalifica automáticamente para hablar de él. Al final, sin embargo, he decidido escribir, porque siempre he pensado que no entender una pieza no es siempre responsabilidad exclusiva del que mira.

Ningún lugar me pareció un patchwork mal cosido de ideas fragmentadas que la dramaturgia no había sido capaz de unir. Por un lado tenemos los textos sobre el exilio del cineasta lituano Jonas Mekas, que se proyectaban de vez en cuando en la pared del fondo y que nos hablaban de alguien que llega a Nueva York huyendo de la violencia provocada en Europa por la Segunda Guerra Mundial. Por otro, tenemos a cuatro mujeres gitanas de Rumanía, que se pasan la mayor parte del tiempo charlando entre ellas en rumano, sin subtítulos ni apoyo de ningún tipo que nos permita saber qué se dicen, bailando, guisando y moviendo chatarra, primero para entrarla en el escenario y distribuirla a modo de escenografía y después para cargar un camión. Por último, tenemos a un músico colombiano que primero nos habla del folklore de su tierra y de sus padres, después nos presenta al David Bowie argentino y acaba torturándonos repitiendo hasta la extenuación dos compases de Psico Killer de Talking Heads. Todo esto intercalado con pequeñas pausas en las que vemos vídeos grabados en vertical con el móvil en los que se ve la vida cotidiana de las cuatro mujeres, su extensa familia y su forma de vida comunitaria, tanto en la calle, como en los pisos, que siempre tienen las puertas abiertas, y donde la gente entra y sale o se instala en el descansillo.

Ritmo lento, escenas alargadas, un extraño e injustificado protagonismo del músico, un discurso cogido por los pelos sobre la migración y una sensación constante de que aquellas mujeres estaban allí para que el público las observara desde fuera, como si fueran algo exótico y ajeno, entretenido y pintoresco de ver. Un batiburrillo de imágenes, decisiones estéticas e ideas a medio cocinar que no dejaban clara ni la intención de los creadores ni su discurso (a no ser que el discurso fuera una crítica al hecho de que mientras los hombres se dedican a crear y a hacerse los interesantes, las mujeres trabajan duro, pero tengo la sensación que esa lectura que podía extraerse de la escena final era totalmente involuntaria por parte de sus creadores).

Como espectadora, celebro el desasosiego pero no el desconcierto. Y eso es lo que me causó Ningún Lugar de Orquestina de Pigmeos, el desconcierto más absoluto. Si ese era su objetivo, entonces, los felicito.

Ningún lugar

Idea y dirección: Nilo Gallego y Chus Domínguez. Creación e interpretación: Luminita Moissi, Mirela Ivan, Angelica Simona Enache, Mariana Enache, Julián Mayorga i Claudia Ramos. Música y espacio sonoro: Julián Mayorga. Diseño de iluminación: Oscar Villegas. Con la colaboración especial de: Grupo de Teatro Equivalientes (Tetuán), Serrín (Raúl Alaejos i Ana Cortés) i Raquel Sánchez. Producción: Naves Matadero. Agradecimientos: Biblioteca Musical Víctor Espinós, Alberto Nanclares, Iván Pérez, Filmadrid i Sebastián Mekas. Textos adaptados libremente de los libros, películas y videodiarios de Jonas Mekas. Agradecimiento especial a Jonas Mekas.

Sala: Mercats de les Flors. Maria Aurèlia Capmany. Data: 09/02/2019.

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